-Y el día acababa. Ya me estaba marchando, como todos los días nada extraño. Resulta aburrido, cargante, incluso a veces forzado, pero de repente ocurrió algo que me dejó todo descuadrado. Yo llevaba observándolo un tiempo, nada raro, nunca me habría atrevido a saludarlo. Pero de repente se giró, como si alguien tras él lo llamara, y me miró, no podía disimular la sorpresa de mi cara.

Y lo miré, de la misma manera que él lo hacía, y una sonrisa por sus mejillas aparecía.
¡No me lo creía! Ya me había alegrado el día.
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