Sufrimos. Hay
momentos en los que nos encontramos verdaderamente mal, llegamos a querer
morir. Nos preguntamos ¿Qué pasa? ¿Por qué siempre a mí? Parece que el mundo se
haya confabulado en nuestra contra para hacérnoslo pasar mal. Ahogamos nuestras
penas llorando, nos sentimos miserables, nos desesperamos, desfallecemos… pero
no encontramos solución.
Es así. Y aunque
no lo queramos, el sufrimiento es ineludible.
Sin sufrimiento no seríamos capaces de valorar la felicidad, los buenos
momentos. Tiene que haber malas rachas para saborear las buenas.
A nadie le gusta pasarlo mal, duele, pero es necesario. Cuando estamos
atravesando un mal momento queremos que acabe, somos conscientes de ello, intentamos
solucionarlo a toda costa, llegamos a pensar que no lo superaremos, que nuestra
vida es un fracaso, que lo vamos a arruinar todo...
Todo esto y más pasa nuestras cabezas, nos atormentamos más
nosotros que el propio sufrimiento, incrementamos el dolor, la incertidumbre de
saber cómo acabará todo nos consume, no nos creemos capaces.
Pero no todo es malo, y después de un mal momento llegará
uno mejor, y lo notaremos. Puede que no en el mismo instante pero si después,
entonces sabremos que ya ha terminado. Que igual todo lo que pensamos mientras
lo pasábamos mal era innecesario, que incrementamos la carga, que no fue para
tanto.
El sufrimiento es inevitable, la angustia opcional.
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