Mil cosas le pasan al mundo mientras a nosotros nos pasan
las que nos tocan. Vivimos absortos en nosotros y no vemos más allá de eso. Al
igual que un tú día pasas la tarde entera estudiando, esa tarde el gato de tu
vecino del cuarto ha tenido un accidente trabajando y una persona a la cual no
conoces recibe un premio por el ensayo
que le costó dos semanas preparar. Y mientras vivimos las cosas que nos tocan
vivir nadie más sabe lo que nos pasa, y nosotros decidiremos si se lo contamos.
Un día, estás en el instituto como una mañana más, empanándote en literatura y justo
en ese momento “tu abuelo” se está muriendo.
El calvario que están pasando tus familiares que están con
él, la presión del médico diciéndoles: es casi imposible que se salve, la
agonía que él mismo sufre… Y tú mientras
tanto en clase, otro día más como siempre, bostezando y copiando apuntes.
Llegas a tu casa, comes, y por la tarde llaman para darte la noticia.
Se ha salvado, se recuperará.
Y es en ese momento cuando casi no puedes creerte lo que
oyes, ha sido todo muy rápido, te has enterado ya cuando el problema había
terminado. Te hablan con tono calmado, pero ¿Cómo procesas esa información? Tú
no lo has vivido, no sabes el susto que se han llevado, lo que te hubieras
asustado tú… No sientes nada, solo vacío, o como mucho pena. Parece un sueño.
Otro día te pasará a ti algo, se lo contarás a ellos y les
pasará lo mismo. Lo malo ha pasado y sólo el que lo ha vivido es el que lo
sufre. Se alegrarán de que estés bien, pero no pueden hacer otra cosa que no
sea eso, y llamarte para ver cómo vas evolucionando.
Nuestras vidas giran cada una a su ritmo, con sus baches y
sus cambios de velocidad. Mientras tú lees esto, un niño muere de hambre, un
hombre inocente va a la cárcel, un borracho atropella a una mujer en un paso de
cebra, dos locos se enamoran.
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