A cada segundo, en cualquier lugar del planeta, muere
alguien. No somos nada. Puedes estar felizmente en tu casa viendo la televisión
y sufrir un ataque cerebral, desarrollar un cáncer que te fulmine en poco
tiempo, tener una muerte natural… Hay
mil maneras de morir. No importa la edad que tengas ni quién seas.
Puedes vivir una vida maravillosa, rodeada de seres queridos,
ser importante para tu círculo. Puede que no seas famoso pero eso no te hace no
ser una persona importante. Puedes tener un amor épico, una vida salvaje, mil y
una vivencias… pero al final mueres. ¿Y qué queda de ti?
Los famosos al menos reciben algunos minutos de televisión
en su homenaje, se emite alguna de sus películas o se les dedica un programa
especial, pero ¿y el resto del mundo? ¿Acaso no puede tener una persona normal
una vida remarcable?
Pero la muerte llega y se nos lleva completamente, quedamos reducidos a cenizas o en un ataúd bajo tierra y ya está. Producimos dolor en nuestros seres queridos sí, pero eso pasa y no somos más
que papeleo para ellos. Cambiar el titular de la cuenta del banco, repartir sus
efectos personales, donar sus cosas a la caridad… Morimos y encima generamos un
buen ajetreo de papeles, y a eso quedamos reducidos.
Ya no queda nada nuestro, todo es repartido, ¿o sí queda
algo? Independientemente de cuándo o cómo muera yo espero que me recuerden por
cómo soy y lo que he podido transmitir y que eso perdure en el tiempo, porque “alguien sólo muere cuando deja de ser
recordado”. Y por eso espero que al menos una minoría me recuerde, que
quede patente algo de esa vida que para algo viví, si no ¿qué función tiene la
existencia?
Cuando alguien muere hay que acostumbrarse a vivir sin su
presencia, pero borrar su recuerdo me parece un gesto cruel, si de una persona
importante en nuestra vida. Porque si así es, seguro que nos ha dejado algo que
quede grabado en nuestro corazón.